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Brinco y Brinco Rodríguez - Parte 8

18 ago
11 min de lectura

¿Qué hora era? El frío le calaba. A su alrededor había piedras muy redondas, vegetación abundante y humedad. «¿Me quedé dormida?» se preguntó al pararse. Sus piernas doloridas fueron el recordatorio perfecto de lo acontecido. Miró detrás de sí. Un pequeño cauce corría. A la vista no parecía tan profundo ni largo como le había costado a ella cruzarlo.

Todo siempre parecía más fácil desde fuera. Estiró sus piernas tocando el agua fría en el proceso. A su alrededor todo era paz en aquel lugar. Se le erizaron los pelos de su espalda. Su nariz, fría y pequeña, trabajaba sin descanso. Debían de estar en algún lado acechando. Esos felinos nunca se rendían. Sin embargo, era difícil no creerle a su mayor aliada, su nariz. Comenzó a moverse, inspeccionando los troncos cercanos y plantas. Lo había logrado. ¿Por qué no se sentía como una victoria? Su corazón se sentía complacido al recordar la carrera. A pesar del peligro, al final, ella era la estrella.

—Por fin gané en algo —gritó con una sonrisa en la boca.

Escudriñó mientras avanzaba a paso lento. Al fin, después de su quinta bocanada, soltó su tensión en un suspiro. Estaba a salvo. Su idea, que casi la mató, la había puesto del lado ganador. Qué mal que sus padres y «amigos» no la hubieran visto. Se los restregaría en casa.

El cauce del río la condujo lentamente a tierra alta. Todos los años, cuando los conejos más jóvenes estaban listos para apoyar en las labores de recolección en los sembradíos, eran llevados a una excursión. El rio era su guía en caso de perderse. Seguirlo sería su salvación, solo debían de seguirlo contra la corriente. Si uno llegaba a ver un tronco caído, debía dar la vuelta. Un punto de partida algo confuso, pero no imposible de encontrar. El rio era vida y, como tal lo respetaban. Solicitaban permiso para tomar de sus aguas, tirando ofrendas de comida en su cauce. Debían de pagar a cambio de la comida que él les daba.

Brinco no tardaría mucho en llegar a zonas conocidas. Al estar en su hogar, llamaría a una asamblea de inmediato y... ¿Pero sería tomada en serio? Se le antojaba difícil, la gente no la valoraba mucho como para escucharla. 

  Suspiró mientras inspeccionaba el paisaje a su alrededor. Al menos el lugar era bonito y el ambiente era cálido a causa del rio. ¿Faltaría mucho? Se preguntó al sentir el cansancio en todo el cuerpo. La siesta tomada después de su hazaña no fue suficiente. Deseaba tomar un descanso largo y duradero sin ser molestada. Rengueaba de sus piernas traseras, lo cual la obligaba a tomar descansos cada vez más seguidos. «Por lo menos no tengo que correr» se dijo dándose aliento mientras descansaba.

Al ver un árbol torcido en forma de túnel supo que al fin había llegado. Su hogar estaba delante de aquel árbol. Ella siempre lo veía al salir rumbo a los cultivos. Se introdujo en el túnel admirándolo al pasar por él. Las paredes parecían haber sido pulidas por alguien, dejando una superficie pulcra en todo el túnel, nada de irregularidades. Era hermoso, por fin, detenerse a ver cosas que nunca admiraba. Todos los días era igual, observando de reojo miles de curiosidades sin poder verlas realmente.

Se detuvo sin darse cuenta y observó el túnel. Reflexionando su belleza, le surgió una cuestión: Tomar una pausa en su vida caótica había sido increíble. Las circunstancias que la habían llevado a ello no eran las mejores, pero no estaba tan mal. En la entrada de aquella maravilla de túnel su nariz lo volvió a captar. O más bien ella al fin prestó atención a los olores. Gatos. Sí, su olor era inconfundible, aún más para ella. Se detuvo, lo que provocó un leve chirrido de rasgadura. El sonido, aunque muy poco audible, le puso los pelos de punta. Su mente ya le mostraba imágenes de gatos saltándole.

«¡No! Cállate mente. Tenemos asuntos importantes» se dijo revolviendo la cabeza de lado a lado. Se agazapó y olfateó. Inhaló y exhaló lento, escaneando todo a su alrededor. ¿Acaso podría predecir el número de enemigos con solo el olor? No, era demasiado ambicioso. En vez de ello se fue a pegar a la pared izquierda del túnel. Estaba frío y algo húmeda, pero no le importó. Avanzó lo más sigilosa que pudo mientras observaba su alrededor. Sabía que por el olor no estaban cerca, apenas era un tufo lo que detectaba. Aun así, era suficiente para alarmarse. Al llegar al final del túnel, emprendió la primera ojeada. Mal momento para tener un color tan llamativo como el blanco de su cara. Cuando sus ojos asomaron fuera del túnel, los vio. A su derecha, el río corría por debajo de una pequeña subida donde descansaba el árbol en que estaba; a la izquierda, había un claro en forma de rombo. Los gatos permanecían ocultos en varios árboles alrededor. No despegaban ojo de su presa: el árbol mayor del claro que desprendía sus raíces muy por encima de la tierra. Entre esas raíces un hueco pequeño era la clave del interés gatuno. El hogar de Brinco había sido construido allí debajo, aquel árbol era la perfecta entrada al estar protegida por las raíces. Era idóneo para criaturas pequeñas como ellas.

«Por los dientes de mis ancestros. Esos malditos. ¿Cómo pasaré? ¿Será mejor ir al otro almacén? No, ni se dónde está esa entrada.» Cada vez sacaba más la cabeza de su escondite calculando, observando, planeando. Conforme analizaba sus opciones, se iba deprimiendo. No era posible llegar a su hogar sin pasar por ellos. Esperar no era opción, estaba hambrienta y no deseaba dejar a su comunidad a merced de aquel tirano que solo los usaba para su propio beneficio. Pensar en él le asqueaba. Tantos discursos, vítores, promesas de todo tipo para acabar siendo usados sin el menor remordimiento. Ahora veía todas esas muestras de apoyo como lo que eran, las migajas usadas para ganar adeptos a su credo. Suficientes para sentirse apoyada, pero escasas para seguir dependiendo de ellas. A Brinco le revolvía el estómago.

—¡Eh, tú!

Brinco giró con los pelos de punta. ¿Era el mismo de hace rato? No se quedó a averiguarlo, sin dudarlo y con las piernas agonizando huyó despavorida del gato que entraba en el túnel. Sus pequeñas garras retumbaron al huir. Sin pensarlo mucho iba rumbo a su hogar. Al recorrer el claro, vio como varios de los gatos se agazapaban en su escondite, asustados por el estruendo que debía de hacer o por miedo ante un animal desconocido. ¿Era amigo o enemigo? Parecían interesados en quedarse quietos y averiguar antes de actuar. Aquella ventaja le iba de perlas a la coneja. Sin darse cuenta ya llevaba medio camino recorrido, sin que otro felino le saliera al encuentro.

«Si algo parece que va a salir mal, saldrá mal» rezaba un dicho escuchado por Brinco alguna vez. Ahora se ponía en práctica aquella frase. El felino más cerca de la madriguera le salió al encuentro. Sus ojos eran de un negro total. El gato no tuvo paciencia, se lanzó a su encuentro de un salto. Todo se desarrolló como en cámara lenta. El gato volaba con las garras listas. La coneja corría levantando tierra con cada zancada. Ambos se miraban a los ojos. Los dos parecían conscientes del desenlace y ninguno se detuvo.

El trayecto del felino era inevitable. La iba a pillar. A la coneja no le daría tiempo de cambiar su trayectoria. Además, seguro otro ya le estaba pisando los talones.

Al final decidió saltar. No supo cuál fue el mejor momento de hacerlo, solo lo hizo. Utilizó la cabeza del gato a fin de sortearlo. El impulso no fue suficiente para librar todo el cuerpo del felino, pero al menos la dejó en ventaja cuando los dos cayeron al suelo.  Lo siguiente fueron golpes contra las raíces y la entrada en la madriguera más polvosa que había hecho. Cuando al fin notó en donde estaba, soltó el aire que estaba conteniendo. Su vista dejó de captar un solo punto, permitiéndole ver a todos lados. A lo lejos, el hueco de la madriguera estaba ocupado por varios ojos que se apiñaban con dificultad. Brinco no los examinó mucho y huyó madriguera adentro.

 

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La peregrinación era como las anteriores. Todo el mundo iba callado, el ambiente tenso. No importaba a quien velaran, la mayoría lo sentía. Era un presagio para todos, no estaban seguros y ellos podrían ser los siguientes. Rosa ya no deseaba llorar. Lo había hecho con la noticia oficial y los pésames de todos los líderes de las familias. Desde entonces a su marido no le dirigía la palabra. Él tampoco fue nada comunicativo. No lo oyó llorar, pero su silencio en parte era peor que el llanto de Rosa. «No sé para qué voy a esto. Ni siquiera está ahí, velamos a la nada. Solo es para que todos se sientan mejor.» Se había planteado no ir, total, nadie la juzgaría. La familia Sáez Blanco no había asistido al funeral de su hijo mayor. ¿Realmente había alguien que pudiera juzgarte si no ibas?

La explanada ya estaba llena, aunque el atril principal no. Una decoración con zanahorias representaba a su hija, un intento burdo de reemplazarla. Deseaba volver a llorar. Se contuvo, odiaba que la gente la viera expresarse. Los demás conejos, al verla, le abrieron paso de inmediato para que pudiera acercarse. Las palabras fueron inexistentes, pero las miradas iban desde la compasión hasta la indiferencia. Rosa sentía cada una penetrándola, como, sin duda, había sentido su hija las garras de los diablos de orejas puntiagudas. ¿Acaso ese era su castigo por mandarla a cultivar en vez de ella? Un digno castigo por matar a su hija. Sí, al final ella la había matado. Era la única culpable, lo sabía.

El gran conejo llegó rengueando a la tarima. El silencio se volvió sepulcral. Los observó a todos desde allá arriba. Parecía buscar algo hasta que al fin lo halló. —Rosa, querida, muchas gracias por acompañarnos. Mi más sentido pésame nuevamente— la coneja asintió sin verle a los ojos.

—Hermanos míos— continuó el gran conejo sin más—, hoy estamos reunidos por una fatalidad. Yo personalmente estoy devastado. Aquí, parado enfrente de ustedes y viendo este arreglo, me siento tan triste. Nuevamente la desgracia se cierne sobre nuestra gran comunidad de hermanos. Otra de nosotros perece ante nuestro enemigo más vil y despiadado. Esos monstruos lo pagarán caro. Se los aseguro. Si pudiera, yo mismo los haría pagar con mis propias patas. Hoy Brinco Rodríguez ha muerto a manos de los felinos en una misión de expedición convocada por mí. Es cierto, es mi culpa por enviarla a ella. Lo acepto y reconozco mi error. La idea de crear un cuerpo de reconocimiento parecía buena. Ahora sabemos que no.

Su líder hizo una pausa y un fuerte sonido de sorbo de su nariz se escuchó. —He tratado por todos los medios de remediar nuestra situación, evitar estas fatalidades. Nunca debemos hacer este tipo de reuniones. Tendríamos que estar celebrando la abundancia de las cosechas, no un muerto más. Rosa, sé que no sirve de nada para traer a tu hija, pero lo lamento. He fallado a ti y a nuestra gente. Y como penitencia salí a buscarla, debía de hacerlo. Pero solo me encontré un ataque de esos malditos y salí herido. No pude traerla de vuelta, Rosa...

En sollozos, el gran conejo detuvo su discurso cubriéndose los ojos. El pueblo le aplaudió, algunos vitoreaban por lo bajo. A Rosa solo le daba náuseas todo eso. ¿No estaban ahí para conmemorar a su hija, hablar de sus virtudes y cómo su muerte había trastocado a los demás? ¿Cuándo se había cambiado el tema a al gran conejo?

—Y hermanos míos… —las exclamaciones de horror o impresión interrumpieron el discurso. Toda la multitud, sin excepción, no despegaba la mirada del atrio. —¡Milagro de nuestros dioses! —«¿Y ahora qué está balbuceando ese tipejo?» pensó Rosa volviéndose. Ahí delante, sucia y cojeando de las piernas, estaba su hija que regresaba de entre los muertos.

—No es un milagro. Casi muero por tu culpa, maldito. Escuchen: este miserable tiene…

—Entiendo tu disgusto, mi niña. Ha sido mi error en mandarte esa misión. Ahora estás trastornada por lo que viste, seguro esos gatos no te dejaron ni un solo segundo descansar —Brinco intentó volver a hablar, pero el gran conejo la interrumpió casi gritando—. Por favor, Rosa, lleva a tu hija a casa para que descanse. Se lo ha ganado, no tendrá actividad por toda esta semana.

Brinco observó a su madre. Su pobre hija, sucia, con magulladuras en todo el cuerpo. En sus ojos había un destello, le pedían apoyo. A pesar del espasmo y las ganas de llorar por ver a su hija, dio un salto como no los había hecho desde joven. Se plantó delante del gran conejo. Aquella bestia le doblaba el tamaño, pero no se amedrentó. —¡Cállate de una vez! —y así lo hizo el líder que ya comenzaba con otro discurso de unidad de su comunidad—. Déjala hablar. Es lo mínimo que puedes hacer después de casi matarla, tiene ese derecho.

La bestia negra abrió la boca como en protesta, un bufido fue suficiente para que reculase. Rosa miró a su hija y esta le asintió con una sonrisa. «¿Se ve más grande?» Se preguntó al verla mientras se dirigía a la gente. —Comunidad mía. Sé que nunca he sido del agrado de muchos de los presentes. Pero lo que les voy a decir no tiene nada que ver con simpatías. El gran conejo nos miente —los murmullos se extendieron de inmediato por todo el recinto—, y tengo pruebas para evitar cualquier malentendido. En su madriguera nuestro líder guarda un pasadizo secreto que da a un almacén oculto. Ahí guarda todos aquellos tributos que le hemos dado al guardián que contratamos.

Algunos conejos ya no murmuraban. Hablaban a viva voz del tema. Le comenzaron a pedir pruebas. Que no era posible mover tanta cantidad al día. Las burlas no se hicieron esperar. Había perdido al público y su interés.

—Ya ven, hermanos míos. La pobre desvaría, no sabe que es real y que no. No debemos prestar atención a una loca —las risas de muchos se alzaron sobre la voz de Brinco, que ya trataba de defenderse.  

—¡Yo le creo! —el rugido de Rosa a cayó la mayoría de las risas—. Si tanto dice el gran conejo que mi hija desvaría, no tendrá ningún problema en enseñarnos que no existe la dichosa entrada a la cueva. ¿No?

Los murmullos se alzaron más. Al parecer, Rosa no estaba sola. El gran conejo no dijo nada, solo miró a Rosa sin despegar los ojos de ella. Su boca se abría y cerraba, como si desease replicar y, en el último segundo, al parecer, se arrepintió.

—Y hay algo más en la cueva —la multitud volvió a reparar en Brinco, como si apenas llegara al escenario—, hay cuerpos de conejos muertos.

El lugar, antes lleno de susurros, quedó en silencio total. Si uno cerraba los ojos, el lugar, le hubiera parecido completamente abandonado. Ya nadie reía o se burlaba, el tema había escalado a nuevos niveles. —Algo que decir al respecto, líder amado.

Cientos de cabezas se giraron al unísono, el ruido tenue amplificados por más de un centenar de conejos fue una bofetada sutil al aire. Las expresiones de los presentes no eran de reproche, en lo absoluto, aquellas caras que miraban al que los había dirigido con “supuesta sabiduría y honor” en la batalla, esperaban una explicación aclaratoria. La desesperación contenida en la multitud clamaba una negación rotunda de todo aquello. Nunca llegó. Su gran líder miró a sus atacantes y luego a su público. Abrió la boca una, dos, hasta tres veces seguidas sin decir palabra. Sin que nadie lo esperara emprendió la huida levantando un palmo de tierra. Todos, sin excepción, profirieron una exclamación observando cómo huía su líder. Todo quedó en pausa. La multitud, Brinco y su madre, nadie se movió como si la escena los hubiera hipnotizado.

El primer grito que solicitó su captura llegó tarde. Nadie se movía. Rosa, con un espasmo, corrió en dirección a la entrada. No podía dejar que el maldito se escapase.

—¡Mamá! —el grito de su hija la detuvo justo en la boca del túnel—. Déjalo. Un destino peor lo espera afuera.

Nadie estuvo seguro, pero a todos les pareció escuchar el aullido desgarrador a través del túnel de salida.  Aquel asunto estaba zanjado.

 

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El lugar se notaba tranquilo. La neblina densa cubría todo con un manto de frío y tinieblas. Sí, era perfecto para montar una emboscada. Con la poca visibilidad ni siquiera sería necesario tener un buen escondite. —¡Cómo odio este clima!

—Es por el río, capitana. Siempre hace esto en esta temporada —Brinco ya sabía eso, no era la primera vez que veía neblina en los alrededores de su hogar y sus sembradíos—. Usted nos dice, señora.

—Bien. Ryan y María harán un rodeo y regresarán por la parte norte. Óscar, vendrás conmigo e iremos hasta los sembradíos a comprobar que sean seguros. Los demás se quedan aquí a la espera de que regresen. En caso de confirmar la presencia o ausencia del enemigo, será entonces cuando actuemos.

Un “sí capitana” se escuchó al unísono. Su tropa de apenas diez conejos era pequeña, aun así, le encantaba que la trataran así. Solo Ryan y Ximena eran mayores que Brinco. Era una tropa joven, pero la juventud era su ventaja a pesar de la inexperiencia. Todos y cada uno eran de cuerpo pequeño. Cierto, Brinco era la más chica, sin embargo, ellos no estaban mucho mejor. Su fuerza física no era útil como granjero, de exploradores por otro lado…

—Vamos allá, equipo.

«Otra carrera más. Ya siento las ansias en el corazón». Estaba en su elemento y ello le fascinaba.

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