Brinco y Brinco Rodríguez - Parte 6
- 17 nov 2025
- 12 Min. de lectura
—¡Arriba, Brinco! Por los dientes del gran conejo. Despierta ya. Es muy tarde, y no has comido nada aún.
Abriendo los ojos de par en par, Brinco visualizó su entorno. Sí, estaba en casa, había una tenue luz donde su madre ponía los alimentos. El olor también era el de siempre: tierra seca, heces, comida algo pasada, y la peste de su padre. Claro, todo había sido un sueño; solo un mal sueño. Ahora debía de ponerse en marcha, para ir a otra jornada de trabajo en los campos de cultivo. Que alivio para ella. A veces imaginaba cosas muy raras.
Se estiró con desgana, sintiendo una leve calma. Al intentar rascarse la cara, lo olió. Áspero, putrefacto, seco. El recuerdo del cuerpo se agolpó en su memoria. La sangre en todas partes, el moho escalando centímetro a centímetro, el cuerpo medio esquelético de los restos de aquel occiso. Arcadas prorrumpieron la boca de la coneja. Su madre que ya le llevaba el desayuno (una miseria de zanahoria con una hoja tan oxidada que era difícil calcular su edad), lo tiró a su lado. —Hija, tranquila. Se ve peor de lo que sabe, de veras. Anda, come, que necesitas fuerzas.
—¿Para qué te molestas, Rosa? La pobre no hará nada ni comiéndose todo el almacén—. Ella no respondió; simplemente observó a su marido con indiferencia mientras comenzaba a comer. Los minutos siguientes estuvieron llenos del ruido de las mandíbulas masticando lo que apenas se podía llamar alimento. Ella solo miraba su comida, pasmada, sin atreverse a mover la pata o acercar el hocico para comer. «No… Solo era un sueño, nunca podría pasar eso. Aquí no.» Respiraba a bocanadas rápidas, sin dejar tiempo suficiente para sentir que su aire se revitalizaba. Aquel olor lo captaba tenuemente. Sí, podía sentir su pelaje endurecido en su espalda, justo donde había aterrizado. La coneja se estremeció. No deseaba admitirlo, pero las pruebas la abofeteaban conforme más examinaba su cuerpo.
—Hija, debes de comer. Ya te tienes que ir. Hasta aquí oigo a los demás granjeros yéndose—. Era cierto: Brinco pegó oreja en dirección a la salida de su hogar. Fuera, el rumor de pasos y conversaciones llegaba tenue.
Sin prensarlo mucho, y aun con cierto asco en la lengua, salió corriendo. Se despidió con un gesto leve de sus padres. No deseaba discutir; no estaba de ánimos, o estable, para eso. Aquellas imágenes seguían recorriendo su mente, no era el momento para hablar. Tal vez el trabajo por una vez en la vida sería un alivio más que la condena. En la gran plaza central de la madriguera, ya estaban congregados la gran mayoría de los granjeros, solo los rezagados y más perezosos salían con desgana del túnel conector. Brinco se colocó lejos del tumulto de gente, esperaba poder escuchar bien.
—Compatriotas de la comunidad —atronó una voz. De súbito, las conversaciones y murmullos se callaron —. Sé que ha sido una temporada difícil. Los costosos tributos a nuestro protector han producido malestar en algunos. Lo entiendo perfectamente; yo mismo soy el primero en levantar la pata, y gritar ante la ineficiencia. No libramos una batalla ardua y sangrienta contra nuestros opresores para que no pudiéramos vivir en paz. Ya he hablado con nuestro protector can, acerca de estas cuestiones, y les puedo asegurar que ya está advertido. Una falla más y está fuera de nuestro servicio.
Varios de los presentes vitorearon, aunque los cuchicheos no se hicieron esperar. La misma Brinco dudaba de la eficiencia de su protector ante la desaparición de otro compañero hacía dos semanas. Nadie lo comentaba, pero era un secreto a voces el descontento.
—Hermanos y hermanas, por favor. Sé de su descontento —la multitud se quedó helada—. Por ello, he actuado en consecuencia. Yo sí escucho a mi pueblo, no como aquellos que me precedieron. Esos malditos monstruos, aquellos haraganes que nos hacían trabajar sin descanso, que se quedaban con el fruto de nuestro sudor mirándonos como basura— el público y hasta Brinco asentían ante aquellas palabras—. Gracias a dios ustedes casi no vivieron esos tiempos. Pero sus padres lo pueden confirmar. Yo, en cambio, no descansaré para que mi pueblo esté a salvo. Ellos nos querían separados, pero todos juntos saldremos adelante.
Con aquellas últimas palabras todos vitorearon, repitiendo que juntos lograrían estar bien. Brinco compartía cierto entusiasmo. Sabía que todos debían de ayudarse para estar mejor. Pero a ella, nadie la ayudaba y la tachaban de haragana. Por ello, no percibió esa unión que su gran líder les demandaba. ¿Y sí hablara con él para exponerle su caso? No le gustaba mucho la idea, su madre era la líder de su familia, no era bueno actuar sin su consentimiento. ¿Verdad?
Al son de un cántico, los conejos se pusieron en camino a la salida. Algunos se empujaban al pasar por el estrecho agujero, Brinco se quedó rezagada. No le convenía intentar apretujarse entre tanto gentío. —¿Me permite unos minutos señorita Rodríguez? — de reojo ella deslumbró una masa negra, tan grande que no vio su final. Su olor era a tierra húmeda. Aquello le hizo recordar la cueva a Brinco, un repelús recorrió su cuerpo. El gran conejo no esperó la respuesta de la coneja y se encaminó al túnel que daba a su hogar. La madriguera no era un lugar muy basto. Los antiguos líderes conejo (los de color café) se habían separado de sus homónimos oscuros y blancos. Para ellos había otro complejo de hogares en la madriguera. Al no ser realmente muchos, la “élite” solo eran cinco familias, de no más de cuatro miembros, mientras que el resto del pueblo eran veinte familias de hasta casi ocho integrantes por cada una. En la actualidad Brinco sabía que sólo quedaban doce familias, siendo las más numerosas de solo cinco miembros. Aun así, nadie quiso ir a la zona en donde sus represores vivían.
El camino a las madrigueras era ancho, alto y bien aplanado. Se notaba el esmero con el cual fue hecho. Hasta donde sabía Brinco, el colmo para el inicio de la revolución había sido el proyecto del empedrado al túnel de las madrigueras de los cafés. Su pueblo estaba muriendo de hambre, pero ellos preferían empedrar su camino. La caminata fue callada. Ni el gran conejo dijo nada ni ella se atrevió a preguntar. Le habían enseñado que sí él daba una orden se tenía que ejecutar al pie de la letra. El líder siempre tenía la razón.
Pasaron al lado de grandes puertas que daban acceso a las diferentes casas de los cafés. Conforme avanzaban eran más grandes. La negrura y abandono gritaban a viva voz, cuando ella miraba al pasar. ¿Cuánto llevaban así tan… solas? No estaba segura, no quiso detenerse mucho a verlas.
Pararon al final del pasillo. Delante suyo la puerta de los aposentos del gran conejo era más grande que el mismo, algo que a Brinco le parecía ya difícil. El hueco no era sin más una puerta que giraba para cubrir el interior de los curiosos. No. Aquello habría sido ser como la chusma. La puerta daba acceso a una rampa que subía en pendiente de cuarenta y cinco grados. La subida estaba iluminada por múltiples antorchas. Era cegador. Brinco tardó un momento en acostumbrarse al cambio de luz. «¿Para qué necesita tanta luz? Con un par iluminan bien.» pensó parpadeando.
Las luces no fueron ni de lejos lo más impactante para la coneja. No, aún le esperaba cosas mayores. —Entra, siéntete como en casa. Permíteme ofrecerte agua.
Delante de Brinco se alzaba una inmensa estancia cuadrada. A la derecha tres mullidas camas de paja perfectamente alineadas en media luna. A la izquierda tres puertas quedaban a la cocina, baño y dormitorio. Ella no pudo verlos mucho, pero captó la enormidad de cada cuarto. El gran conejo regresó con agua en un recipiente pequeño, lo colocó junto a una de las camas de paja y, él mismo se repantigó en otra bostezando. La miró con los ojos entrecerrados. Brinco tardó un poco en entender las señales que le daba con los ojos. —Que te subas como yo he hecho niña.
Roja de vergüenza, la coneja hizo lo que le indicaban. La cama, que de lejos ya se veía grande, era del tamaño ideal para alguien como el gran conejo. Pero para ella en cambio…
—Mira, iré al grano. Sé que no has tenido un buen desempeño en tu área de trabajo. Sé ver las limitaciones de los demás, por algo soy el líder— Ella asintió casi como aturdida—. Pues bien. Quiero encargarte mejor al almacén. Se que aun deberás cargar y mover cosas pesadas, pero al menos tendrás mucho tiempo para hacerlo sin el peligro de tener que cumplir cuotas.
La coneja asintió sin decir nada. Él se la quedó viendo como si inspeccionara su físico o su carácter ante la noticia. Brinco se quedó quieta mirando sus patas. No tenía miedo, pero para nada se sentía cómoda. La gente que la miraba así era para terminar insultándola por algún aspecto físico o su ineptitud. Todo estaba callado, Brinco podía escuchar su corazón retumbar en la casa. Desvió la mirada buscando una distracción. Deseaba seguir la conversación, causar una buena impresión. Se terminó fijando en las tres piedras recargadas en la pared, cada una en forma de flecha.
—¿Qué son esas piedras? —preguntó al fin. El gran conejo la observó un momento y después de suspirar respondió.
—Esas cosas. Son reliquias del pasado. Hace ya cinco generaciones que las tenemos. Las “grandes piedras de la fundación”. ¡Patrañas te digo! Son simples piedras que encontraron nuestros antepasados al construir la madriguera. Una por raza de conejo. Los rápidos blancos, los fuertes negros y por último los bastardos de los cafés. La gente insistió en que las conservara por tradición. Pero me parecen unas baratijas.
La piedra de en medio era la que más destacaba por su gran tamaño; la tierra, debajo de ella, se hundía un poco. Las otras dos eran la mitad del tamaño que la central y destacaban menos. ¿Por qué Brinco nunca había escuchado de ellas antes? Le pareció algo interesante de la historia de su pueblo.
—Oye, dime, conejita. Ahora que vas a estar en el almacén, ¿no tienes curiosidad por el otro? —la atención de ella regresó de golpe a su interlocutor. Él la miraba con una sonrisa profunda, le marcaba la cara provocando arrugas. La pobre coneja trató de gesticular una respuesta; lo único que le salieron fueron palabras ininteligibles. ¿Desde cuándo sabía de ese lugar? Bueno eso le ahorraría explicaciones. ¿No?
—Sí, un lugar casi mágico. ¿No te lo parece, niña? Lleno de alimento que podría salvar del hambre a cualquiera. ¿No te encantaría dejar de ver a tu madre sufrir? Qué tal ser el orgullo de tu padre. ¿No?
La idea se le implantó en la cabeza. Sí, no más regaños; volviendo a ser la familia que eran antes sin tantos problemas. Ver a su madre comer bien, con viveza y placer, no con culpas en los ojos. Y su padre orgulloso, darle ese descanso que se le debía ante su servicio. «Sí, todos coreando mi nombre, respetándome». Miró a los ojos al gran conejo. Su gran líder, su benévola actitud le permitiría quedarse con una recompensa justa del botín y… Brinco parpadeó mirando las rocas que estaban en la pared. Un estruendo. Eso fue lo que inició todo, el estruendo que dio luz al lugar y le permitió ver… bueno, aquella cosa. Porque ya no era un conejo, hacía mucho que no.
—¿Sabe lo que hay en la fosa de arenilla blanca? —El gran conejo, que mantenía su jovial sonrisa, se puso de pie. Sus ojos se ensombrecieron. Ella se sintió pequeña. ¿Estaba temblando? Sí, así era. Aquel líder que tanto ayudaba ahora se convertía en una fiera mirando a su presa.
Lo que ocurrió a continuación ni la misma Brinco supo qué fue. Aquella masa de pelaje negro, prominente, rígida en un segundo se abalanzó hacia ella. La cama que estaba debajo de él se hizo añicos ante el peso y la fuerza del impulso. Con las patas extendidas al aire se arrojó con todo hacia la pobre coneja. Pero ella no se quedó pasmada. Y sin percatarse, ya se estaba moviendo incluso mucho antes de la embestida. Su atacante impactó de lleno contra la cama ocupada por Brinco y, después de destruirla, la inercia provocó que siguiera de lleno hacia la puerta de la madriguera. Ella corrió en dirección contraria entrando en la primera puerta que vio. La cocina. La circunferencia del cuarto estaba atestada de zanahorias y hojas verdes apiladas. Le pareció una cantidad ingente de comida. En el centro mismo del cuarto estaba una pileta de agua poco profunda. El agua inmóvil comenzó a llenarse de oleaje. Venía a la carga de nuevo. —Condenada escoria.
Brinco ni siquiera se dio vuelta. Entró en la habitación y de un salto se encontró al otro lado de la piscina. El gran conejo no entró. Lleno de paja, con una herida en la cara, se quedó en el umbral de la puerta jadeando con los ojos desorbitados y enseñando los dientes a su presa. Los dos se quedaron viéndose, cada uno aportaba un sonido. Uno su respiración y la otra el retumbar de su corazón. Nadie se movió, esperando la iniciativa del otro. Los dos lo sabían, no habría vencedor para aquello, solo un dolor y sufrimiento. Brinco dio unos pasos atrás, medía el espacio restante antes de ser acorralada. Por encima del hombro de su agresor vislumbró la salida. Una vasta puerta iluminada por un par de antorchas. Su escapatoria, la vida. Un golpe seco la regresó a la realidad. Había llegado al final del cuarto.
Ese fue la llamada a la carga esperada por el gran conejo. Se lanzó contra ella brincando para evitar la piscina de agua. Brinco lo esquivó; había poco espacio donde moverse. El forcejeo entre las dos almas fue encarnizado. Patadas de uno y rasguños del otro. Las zanahorias volaron en la refriega golpeando a ambos. Al salir de la cocina, Brinco sentía el cuerpo arderle como si miles de espinas la picaran a la vez. Aquello no sería el único dolor. Un impacto la cegaría. Se estampó contra una roca fría y allí se quedó. Al abrir los ojos, a su lado se encontraba una zanahoria; aquel manjar se lo habían lanzado. «¡Ay! Esta no era la manera en la que quería recibir más comida» pensó mientras se tocaba el cráneo.
—Al fin te quedas quieta mocosa. Sabes, otros simplemente se quedaban quietos del miedo al ver que yo, su gran líder y salvador, los atacaba sin piedad. Eres la primera en intentar escapar. Pero ya se acabó el juego.
Una sombra negra gigantesca se proyectó sobre ella. No le vio la cara, estaba cansada y con un fuerte dolor en la cabeza. Su corazón se le había calmado, ya no le retumbaba en el pecho. El cuerpo antes tenso, ahora estaba laxo y relajado impidiéndole moverse. ¿Sería el final? Bueno el día anterior dos veces creyó que sería el fin, pero ahí estaba de nuevo ante la posibilidad de morir. Vaya día estaba teniendo.
—Esta vez no te voy a subestimar niña. Voy con todo— acto seguido las piernas del gran conejo desaparecieron de su vista.
El estruendo fue bastante considerable, pero lo que más percibió Brinco fue como la aplastaron, sus entrañas deseaban salir desparramadas por su hocico; el aire de sus pulmones se desvaneció y sus ojos se llenaron de negro. La caída no resultó ser tan horrible, no se percató de lo sucedido hasta dentro de un par de segundos después. Primero recuperó lo perdido; por medio de tos y asfixia trató de llenar sus pulmones. La privación de aire tan violenta le provocó dolor al recuperar ese gas tan preciado para los seres vivos.
Permaneció acurrucada. ¡Que cansancio era todo! Prefería dormir y ya. Para que molestarse en otra cosa, su cuerpo demandaba descanso con múltiples ardores, pellizcos y pulsaciones. Sí, se lo merecía. Nunca la dejaban…
—Mmmm….
Un gemido. ¿Suyo? No, para nada deseaba proferir sonido alguno, le dolía incluso respirar. ¿De quién entonces? Bah, luego vería ese asunto. Descansar, sí, eso era lo importante. Ya solo debía de relajarse, soltarlo todo y…
—Maldita— al fin abrió los ojos. Una luz lejana iluminaba la escena. Zanahorias por todos lados. Ella misma sepultada por una o dos. Un olor familiar y aterrador. Sí, el moho de antes. «Debo de huir. Aún no estoy a salvo» se arrastró como pudo entre las zanahorias. Alzó la cabeza y percibió un tirón en la espalda, agudo y frío. No le hizo caso, debía de saber dónde estaba él. A su alrededor las montañas de zanahorias estaban medio destruidas y regadas por el suelo. Del lado izquierdo una gran roca estaba encima de varios bastones naranjas hechos puré. «¿Esa roca ya la había visto antes?».
No pensó mucho en ello. Trastabillando se acercaba una masa negra, grande, peluda. El gran conejo quitaba con cuidado los obstáculos a su alrededor mirando a Brinco. Gemía con cada paso dado. «¡Huye!» le dijo una voz en su interior. Trató de ponerse en pie, pero el esfuerzo la tiró de nuevo al suelo. ¡Por los bigotes de su padre! El dolor incrementaba con cada movimiento mientras se incorporaba otra vez. Podía notar la respiración de su perseguidor. Cada vez más y más cerca, pronto la pillaría y los arañazos serían lo mínimo que le haría.
Se imaginó en aquel hoyo sangrando mientras la arena la iba enterrando poco a poco. Luego el moho la envolvía destruyendo su piel, dejando únicamente huecos por donde entraba el aire. No, no. Temblando se paró. Las náuseas se agolpaban en su boca. Un sabor agreste, salado y caliente le penetraba hasta en los dientes. Aun así, continuó. Le temblaba todo, algunas partes perdían la fuerza y eran arrastradas ya. No llegaría lejos. Sin más a donde ir, un túnel en la pared fue su destino. No lo había visto en su anterior visita, aunque no había visto casi nada antes. El túnel era espacioso, no muy alto, pero sí bastante ancho. Una rampa la recibió. Arrastrarse por ella fue un martirio, las patas le quemaban con cada paso. La respiración de su captor le pisaba los talones, la percibía en la nuca, tan fuerte como si ya lo tuviera encima y solo la observara por diversión.
Lo único que logró ponerla tranquila fue la lluvia. Las gotas fueron vida para ella, como si la acariciaran tenuemente tratando de que el dolor se fuera. Siguió arrastrándose una y otra vez. Cada movimiento le permitía percibir esas caricias sanadoras. Fue ahí donde se desplomó. La tierra debajo suya la hizo resbalar como si estuviera encima de una piedra lisa y pulida. Rodó. Vio negro y luz en sucesiones rápidas. El olor a mojado incrementó; el cuerpo se le enfrió impregnándose de un material viscoso y húmedo.
Lo último que recordó en ese momento fue el ruido de plantas y el golpe que la detuvo al fin. Duro y seco, así la recibió. Se desmoronó rendida, y un sueño la atrapó. Se lo había ganado.




Comentarios