Brinco y Brinco Rodríguez - Parte 5
- Dwight A.R.
- 20 sept 2025
- 7 Min. de lectura
El viento golpeó sus bigotes con vigor. Sí, era definitivo, caí al abismo. En tan solo segundos su vida pasó frente a ella, miles de imágenes que ni siquiera recordaba, momentos felices con su familia, un padre sonriente, era hermoso. No duró.
Le pareció una interminable caída, con un viento capaz de secar los párpados. Pero solo fue su imaginación. Aunque el golpe resultante vaya que no lo fue. Un dolor punzante junto con hormigueo que se extendía por todas sus extremidades. Se le escaparon algunas lágrimas. Intentó no pensar en ello. La verdad fue que solo pudo quedarse quieta conteniendo las lágrimas.
¿En dónde estaba? No veía nada, aun así, lo sentía. Allí en vez de estar rodeada de paredes como en el túnel, ahora era libre. Eso la asustaba. ¿A dónde debía ir? Alargó una pata delante de sí. Enfrente, el abismo. Detrás una pared húmeda. La sentía con el trasero, estaba fría. «¿Exactamente qué es este lugar?». Sentía el suelo frío y áspero, como si nada vivo pudiera salir de él. Tanteó la tierra. Sí, a cada lado se extendía un camino como si aquello fuera una pasarela. Por lo menos no estaba en peligro. Pero… ¿Izquierda o derecha? Al fin y al cabo, ya estaba perdida, no tenía importancia la dirección. Al tomar por la derecha se percató que descendía en una rampa. Conforme más caminaba el aroma a zanahorias incrementaba, era la dirección correcta.
Mientras bajaba se preguntaba realmente el propósito de estar ahí. ¿Enserió era necesario averiguar en donde se encontraba? Lo más posible era que aquel lugar fuera un almacén viejo y abandonado. Tal vez incluso inestable. Sí, puede que ese tufo fuera de plantas de zanahoria, el resultado seguro de haber abandonado comida ahí para que se pudriera. Al llegar al final de la rampa salió a una explanada amplia. Frente a ella la oscuridad era más densa en algunas zonas. Los contornos eran difíciles de distinguir, pero el hedor era inconfundible. Zanahorias. Si aquel lugar era un almacén antiguo, se habían dejado demasiada mercancía.
Eran una gran cantidad. Y sí, aquella comida no tenía ni una pizca de viejo. Mientras olía con mayor detenimiento se preguntaba. ¿Podría ser que el otro almacén se quedó chico ante las reservas? No, aquello no era posible. El hedor revelaba que no era frecuentado ni ventilado muy seguido. El lugar se extendía mucho más que el almacén principal. ¿Podría perderse? Bueno al menos no moriría de hambre. Por otro lado…
Se detuvo. Le llegaba otra peste, y no de las zanahorias. Era diferente, seco y terroso como piedra mojada. Era tenue casi se perdía con los demás olores. Pero allí estaba, sí. Sus pelos se erizaron, algo iba mal. Comenzó a caminar con mayor cuidado. Daba bocanadas más grandes, analizaba cada matiz que le llegaba. Humedad, tierra, frescura vegetal. Aquel olor seco era significativo, distinguible entre tantas gamas. ¿Había percibido algo similar antes?
Conforme más caminaba aquel tufo no solo se intensificaba, sino que surgía otro, un viejo conocido. Al absorberlo unas imágenes surgían en su cabeza. Eran borrosas, como si estuvieran profundamente sumergidas en agua. Las conocía, a su pesar.
Al llegar a la fuente del olor se sorprendió. En el suelo había un agujero con lo que parecía un polvo blanco. Era difícil ver en plena oscuridad, aun así, resaltaba la cama blanca entre tanto negro. No estaba segura de lo que encontraría, sin embargo, esa cama blanca era lo último que esperaba. Allí los dos olores, el áspero y terroso se juntaban en… ¿Sangre? «No podía ser» se dijo mientras sus patas le temblaban. Ese pensamiento fue una idea fugaz, pero retumbó en todo su ser. ¿Acaso ella sabía a qué olía? Se había lastimado antes, sí, pero pequeñas cortadas no dejan mucho aroma. Imágenes borrosas pasaron ante ella. Gritos, gruñidos, lucha. Cada cosa siendo desenterrada poco a poco.
Los recuerdos la dejaron perpleja. Miraba a la nada mientras las imágenes pasaban por su cabeza. Ni siquiera se dio cuenta de cuando se metió en el agujero. Al mirar abajo suyo ya estaba tocando la arenilla blanca. Su mente ya captaba los gritos de su padre mientras era despojado de sus patas traseras. Ella no lo vio claro, fue protegida por su madre, aun así, derramó lagrimas mientras los gritos de su padre se apagaban lentamente. Su respiración aumentó con aquellos gritos. Sin encontrar un mejor lugar para escapar, empezó a escarbar. Realmente no escarbó con mucho suficiente ahínco. Al principio sí fue movida por la necesidad de ocultarse de aquellos gritos, pero poco a poco el polvillo blanco la calmó. Era ligera, cada grano la acariciaba dejando una ligera picazón que le gustaba. Nunca había visto algo similar, y por supuesto la tierra dejaba mucho que desear ante esa nueva arena.
Se limpió las lágrimas de la cara. «Pues esté lugar no esta tan mal, nadie me regaña aquí». Como si hubiera sido un golpe, una picazón acompañada de pulsaciones le escocieron la vista. ¿Qué le pasaba? Tallarse no le ayudó, aquel escozor solo incrementaba con cada pasada de su pata. Dilató bastante en aliviarse, incluso recurrió a sus orejas para tallarse los ojos. Ahora sí lagrimaba a raudales. Cuando por fin sus ojos terminaron y recuperó parcialmente la vista, se examinó sus patas. Debía de haber algo en ellas. La visión no le era de mucha ayuda, su nariz en cambio sí le decía algo. Un olor a piedra. «Igual que el polvillo blanco» pensó la coneja mientras se seguía tallando los ojos. Con cautela, se acercó a oler el polvillo. ¿Realmente qué era? No estaba segura. La fragancia era inconfundible, y aunque detectaba otro aroma no le hizo mucho caso. ¿Podría ser tóxica? Alguna vez le había caído tierra en los ojos, pero ni por asomo se sentía igual de horrible. A pesar de no ser la mejor idea, la probó dándole un lengüetazo. El sabor le dio un escalofrío. «No está tan mal, creo» se dijo a si misma.
Para estar segura tomó un puño, dispuesta a descubrir lo que era. En cuanto su lengua la tocó dejó de moverse. Mantuvo la pata tiesa, percibía como algo viscoso se le impregnaba en el pelaje de su pata. Ahí fue cuando le llegó el olor a moho. Sí, aquella era la otra peste que percibió. Tiró la arena, dio unos pasos atrás y tosió con ligereza. Aguantaba su asco, aunque a penas. ¿Iba a vomitar? No aun no, solo debía de alejarse.
Dio media vuelta, ya con la idea de mejor explorar otra parte de ese almacén cuando sonó. Al inició pensó que había sido un ruido cualquiera, hasta provocado por ella misma. Fue inconfundible la voz la segunda vez que la escuchó. No deseaba hacerle caso. Pero los susurros de “buena para nada” ya le golpeaban las orejas. Con cada bocanada le llegaba el hedor, pese a eso y con náuseas, la coneja escarbó. Al encontrar la sustancia pegajosa removía alrededor quitando toda la arena de encima. Vaciando una gran parte de los bordes de aquella piscina se reveló una masa fétida, y con aroma a sangre. Al finalizar hizo una pausa, sus patas le dolían. Tomó una bocanada de aire para intentar recuperarse, esa fue la gota que al fin derramó el vaso. Vomitó. Jadeando se limpió el hocico con su pata. Aun le producía náuseas, la mareaba. Se obligó a voltear y contemplar la masa que se alzaba ante ella. Resaltaba en contra del blanco que aún le cubría la parte baja. ¿Una roca? No, era algo más. Sus patas delanteras le temblaban. Trago saliva y suspiró. Por lo menos había logrado terminar. Sí, por fin una tarea concluida, ahora la masa viscosa estaba expuesta, al fin un logro. Aquel pensamiento hizo sonreír a Brinco.
«Tal vez pueda ir al almacén por luz y regresar a…» sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido parecido al de una avalancha. Rocas golpeándose unas contra otras. Su corazón le dio un saltó. Se pegó a la pared del agujero. Esperó. Con un gran eco aquel sonido retumbaba en todo el lugar. Como si se fuese a venir abajo en cualquier segundo. La respiración y los nervios de la coneja comenzaron a fallar. ¿Otro ataque? ¿¡En ese momento!? A buena hora llegaba.
Podía sentir temblar todo su cuerpo con cada golpe nuevo. Los oídos le zumbaban. Se planteó huir, tratar de escalar la pared y… Un rayo de luz cortó todo plan.
Primero fue tenue, pequeño. Aun así, iluminaba como mil soles la caverna. Al asomar la cabeza pudo vislumbrar las montañas de zanahorias que la rodeaban, cantidades ingentes de comida como nunca había visto reunida, ni en el almacén ni en ningún otro lugar. Era una vista casi de ensueño. El rayo de luz se hizo más grande conforme un estruendo de rocas se intensificaba. La coneja se cubrió en su refugio, pero no tardó mucho en volver a asomarse por el borde. Arriba en la pared un hueco estaba siendo abierto. Una figura negra empujaba lo que parecía una puerta de piedra tan pesada como mil conejos.
Al fin veía una salida tangible. Tal vez tendría que dar explicaciones del motivo por el cual estaba ahí. De todas formas, siempre debía de estar justificándose ante los regaños de todos. Si el precio por haber descubierto aquel lugar abandonado lleno de riquezas era unos cuantos regaños, los aceptaba. Por fin podría darles de comer a su familia, un regaño no era nada. Suspirando de alivió se dispuso a salir del agujero. Ahora con luz lograba ver su profundidad con más claridad. De un salto, logró sacar medio cuerpo del agujero. Sin embargo, su mala suerte nunca la dejaba en paz. La tierra de la cual se apoyaba para terminar de salir se desquebrajó arrojándola de nuevo al agujero.
Se fue de espaldas, impactando encima de un objeto viscoso y duro. El olor a humedad y moho se dispersó por doquier. La coneja se quedó quieta sintiendo un dolor agudo en la espalda. Se incorporó, alejándose de la masa dura que la había recibido. «Cuando la desenterré no parecía tan dura…» se dijo Brinco. Cerró los ojos, percibiendo las punzadas de la espalda. «¡Ay! Cuando regresé debo de pedir un masaje a …» al abrir los ojos al fin vio la masa pegajosa con luz.
Rasgado, con parte de los músculos rojos e hinchados al descubierto, un pelaje lleno de sangre seca, pálido con lo que parecía ser moho creciendo por algunas partes de la cara. Así se encontraba un conejo negro con rayas blancas tendido junto a ella. Se le quedó viendo, pero sin realmente verlo. Ni historias de restos encontrados de sus hermanos de madriguera, ni las muertes, o descripciones de horrores hechos a los suyos, nada la había preparado para aquello.
Un retumbar dentro de ella la hizo temblar. Rítmico, constante y penetrante. El calor se extendía ya por todo su cuerpo, cubriendo todo como si de un hongo se tratara. El pistoletazo de huida no fue su miedo o el esqueleto. No. Fue un grito, lejano, tal vez en reproche o pregunta. La coneja nunca lo supo. Ella solo corrió, como nunca en su vida. No se dio cuenta de dónde estaba hasta que tropezó con otro conejo en la entrada del túnel a las madrigueras. No les hizo caso a sus reclamos, siguió corriendo sin mirar atrás. El aroma fétido y mohoso aún la perseguían.


