Brinco y Brinco Rodríguez - Parte 7
- 3 abr
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El aire era húmedo. El rocío matutino le profería al ambiente un olor fresco y frío. Los primeros movimientos de la coneja fueron lentos. Su cuerpo tenso no deseaba moverse. Necesitaba más descanso. Una gota le comenzó a golpear la cabeza, en intervalos regulares. Aquella sutil molestia era el despertador perfecto.
—Ya voy, ma —vociferó como un gruñido. Su amiga la gota continuó su tarea a pesar de la respuesta.
Sus párpados, llenos de una sustancia seca, se abrieron pesadamente mostrando imágenes difusas. La luz, atenuada por sombras de hojas, proyectaba rayos sutiles. Volvió a caer rendida. El frío le comenzaba a calar. Se estremeció. Mala idea. La coneja articuló un grito, o al menos eso le pareció. ¿No era mejor dormir? Perderse en ese sueño reclamado por cada célula: dejar todo atrás, incluido el dolor y el sufrimiento. Sí, sonaba bien. Poco a poco los sonidos se fueron amortiguando, como si estuvieran al otro lado de una puerta. “Adiós” era el susurro escuchado por la coneja.
Otra gota la sacó de aquel estado, siendo como una bofetada bien repartida en la cara. Capaz de despertar a un ebrio en plena resaca de quincena. Abrió los ojos, inyectados de rojo. Observó a la miserable causante de no poder llegar a su Valhalla. «Debo de arrastrarme a un lado». Su pata atrofiada, le cosquilleó al moverla. Clavó las uñas en el pedazo de tierra más lejano. Sin mayor dilación tiró de sí. El esfuerzo inicial lo sintió como si miles de conejos tirasen de ella al mismo tiempo. Un estruendo aguado recorrió por todo su cuerpo. Fue tan fuerte que, ahora sí gritó a desagote.
Otro “ploc”, de su peor enemiga, le cayó en sus sienes. «Estoy condenada», pensó. Respiraba a bocanadas, el estremecimiento la había dejado sin aliento. ¿Qué le habían hecho? Recordaba la velada con poca lucidez. La reunión con su líder, una caída y la lluvia. Sí, la caída; sabía que ese hecho era importante. Recibió otra visita húmeda del cielo. Ya no le prestaba atención. Su cuerpo, antes apacible, era ya un hervidero de cosquilleos, punzadas y picazón. Ella había encendido un interruptor, ya no se apagaría.
Durmió otro rato. No era fácil precisar cuánto tiempo, pero el sol decía que así fue. La luz era más tenue, rojiza. Brinco no deseaba mover ningún músculo, temerosa de las represalias. Se quedó tirada, dormitando entre un sueño pasajero y la luz rojiza que iba desapareciendo. En esos lapsos le pareció escuchar pasos. Maleza moverse, troncos siendo arañados. Antes, aquello la hubiera perturbado, pero ya no. Sin mayor vergüenza, fue presa de la oscuridad de sus párpados.
La próxima vez que abrió los ojos no fue culpa de esa molécula de H₂O. Esa oportunista se había esfumado. Ahora era por su cuerpo. Hambre. El calor en el ambiente era sofocante, y por fin su estómago tenía el coraje de hablar. Fue un rugido prolongado. Pero lo más significativo fue el retortijón. Digno de cualquier pellizco que su madre le hubiera dado.
—Bien, ya entendí. Voy.
¿Cuánto llevaba sin comer? No estaba segura. ¿Uno o dos días? Podía ser. Su estómago no dejaba de recordar le la necesidad básica a cubrir. Temblando, volvió a mover la misma pata de antes. Esta vez con otro enfoque, pararse. Recargó la extremidad. A manera de palanca, usó esa pata, liberando la otra de delante. Ya solo quedaba lo más difícil, parase. Sus orejas estaban muy calientes, quemaban. Jadeando incorporó sus patas traseras. Lento pero constante, su cuerpo se erigió sobre sus cuatro extremidades. Incómoda y sufriendo el cansancio, logró al fin sentarse en sus cuartos traseros.
¿Qué dolería más: caer al suelo o permanecer parada? No quería averiguarlo. «Bueno ya estamos aquí. ¿No?» se dijo afianzando las patas traseras. Podía sentir la tierra entrando en sus uñas, estaba fría. Cerró los ojos tratando de percibir todo su ser, cada punzada o herida. Dio un paso exitoso, aquello la hizo envalentonarse. Lo siguiente no fue tan sencillo. Al tratar de mover una de sus patas traseras, un latigazo la detuvo. Fue rápido y agudo, de esos dolores que van más allá de la superficie del cuerpo internándose hasta los huesos. Gimió, pero no bajó su extremidad al suelo. Ya estaba ahí, debía de acabar lo iniciado, no dejaría nada inconcluso. Completó el arco a pesar del dolor. Al depositar su pata en el suelo, esta tronó con un vasto sonido.
Sonrió. El primer movimiento estaba hecho. Aún no deseaba ver nada, iba a ciegas. Dejó de concentrarse en lo que hacía para que fluyeran los movimientos de su cuerpo. Todos iniciaban casi igual. Un latigazo, luego un retumbar de huesos. Al cabo de un rato caminaba con cierta normalidad. Las molestias persistían, cada vaivén era acompañado de esa sutil dolencia. Un recordatorio constante de su daño físico.
Finalmente vio donde estaba. Delante de los arbustos que la cubrían, se alzaba una cuesta bastante empinada. Llena de algunas rocas, raíces y árboles. —Debí de caer por ahí, estoy segura— se dijo a sí misma.
Su cuerpo comenzó a temblar al estar detenida. Emprendió de nuevo la marcha. Temía que si caía no volvería a levantarse. Sopesando sus capacidades actuales, tomó la decisión de dar un rodeo. El hambre le escoció otra vez el estómago. No se podía dar el lujo de perder fuerzas sopesando opciones, debía de actuar.
Nunca había recorrido páramos como aquellos. El bosque era su hogar, pero siempre cerca de su madriguera de ser posible. Ni siquiera los campos de sembradío estaban tan lejos. Solo bastaban cinco minutos para llegar a ellos. El bosque con sus maravillas era peligroso. Su comunidad era pequeña e indefensa, ello los había orillado a contratar a un protector. «Un protector» las palabras le retumbaban en la cabeza. ¿Quién había dicho que necesitaban un protector? Sí, eran frágiles e inútiles para luchar, debían de huir ante un ataque. ¿Pero realmente lo necesitaban? La lógica decía que sí, ellos no se podían defender. Algo no cuadraba. Cada día iban desapareciendo más de los suyos. El gran conejo reiteraba la necesidad de un protector, indispensable les decía. «“No eres la primera en tratar de huir a su destino”» las palabras de su líder eran un eco en sus oídos.
—¡Ese mal nacido!
Aun con su grito el bosque parecía muerto, tan callado como una tumba. Ni pájaros o el aire cantaban. Estaba sola ahí junto a árboles mudos, pero con oídos. Aceleró el paso con cierto aire renovado en sus piernas. ¿Las sombras se estaban haciendo más grandes?
Conforme avanzaba, la cuesta se iba aplanando. Lo malo: el bosque se hacía más oscuro y espeso. Le temblaban las piernas. Estaba casi segura de que el motivo no eran sus heridas. Continuó con pasos cortos, aun tronando al andar. Se internó en aquel follaje oscuro. La inquietaba encontrarse con un gato o algo peor. Cada árbol delante suyo era un perfecto escondite para una emboscada. Sus orejas sondeaban la zona en busca de minúsculos indicios de presencias enemigas.
«Mira eso» se dijo viendo una hilera de piedras delante de ella. Se encontraban perfectamente alineadas una tras otra al borde de la cuesta, como sí la delimitaran. Sin duda el mayor detalle a destacar era que entre dos rocas de esa hilera se abría un camino, un pasaje en rampa para subir a lo alto de la cuesta. ¿Acaso alguien deseaba evitar la fatiga de caminar hasta el punto donde la cuesta y el terreno se unían? Pues ella sí deseaba evitarla. Tomó el pasadizo sin dilación.
Mientras caminaba por el pasillo, sus pasos la ponían alerta. Resonaban en las paredes. Con los pelos de punta, prosiguió el camino hasta salir arriba. «Al fin, a casa», suspiró aliviada. Solo debía desandar los pasos para regresar a su hogar, tal vez comería algo, luego a por el gran conejo. Pondría al canalla en su lugar. Lamentaría el momento en el cual decidió enfrentarse a…
Detuvo sus ensoñaciones. Delante, no muy lejos de su posición, estaba un gato tirado en las raíces de un árbol tomando el sol. Se lamía una pata sin mayor preocupación, repasando sin cesar la misma zona. La coneja se acuclilló mirando a los lados. Retrocedió sin dejar de ver al gato. Sin darse cuenta de la presencia de la coneja, continuaba su baño exhaustivo. Brinco dio media vuelta poniendo pies en polvorosa. Esperaba no perder la cuesta, al dar un rodeo.
¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar otro minino? Para ese punto, altas. La suerte de la coneja tampoco jugaba a su favor, al girarse se encontró con otra presencia gatuna. Pecho blanco, torso y cabeza naranjas. Tanto él como Brinco se observaron durante unos instantes, calibrando la situación. El gato, con mayor desorientación, dio unos pasos atrás. Brinco no lo dudó e inició su carrera. No esperaría otra cosa. Corrió entre los árboles, pasando debajo de varias raíces en forma de puentes. El ruido de algunas ramas no tardó en escucharse. Su enemigo emprendía la caza.
Trastabillaba del lado izquierdo. Sus orejas se le calentaban. Jadeaba mientras su espalda le ardía con cada zancada. A su alrededor el bosque se difuminaba. ¿Acaso corrían en círculo? Dobló en un ángulo muy cerrado esperando perder a su perseguidor. Su cazador le seguía el paso sin problemas. Provocó más ruido que Brinco al girar, ello le dio una idea a la coneja. Primero giró a la derecha, luego a la izquierda, por último, otro giro a la izquierda. Resoplaba, sabía que su cuerpo herido no mantendría el ritmo por mucho tiempo. Miró de soslayo atrás sin dejar de correr. El minino ya no se encontraba, lo había logrado.
Disminuyó la velocidad paulatinamente. Podía sentir sus músculos expandirse y contraerse. Respiraba como si sus pulmones no lograran retener nada de aire. Sonrió desplomándose en sus cuartos traseros. Deseaba reír, así como llorar. La experiencia había sido aterradora, pero también había un sentimiento puro casi embriagador. Sus extremidades no le exigían descanso, no. Le pedían seguir corriendo más. Su estómago se le contraía al pensar en ello. ¡Que placer había sido correr de esa manera!
Cerró los ojos, escuchando su corazón: le gritaba. Sí, era gratificante correr. Parecía ser buena en ello, incluso se había logrado quitar de encima a un gato.
—¡Por los bigotes de mi padre! ¿Por qué no hay trabajos así en mi hogar? —suspiró soñando con volver a hacer esa hazaña. Ya veía la cara de los otros conejos al no creerle lo que había hecho.
Aún con una sonrisa en la cara, logró ver unos ojos en la maleza. No reaccionó de inmediato. Eran negros, densos, no la perdían de vista ni por asomo. El iris se expandía con lentitud cubriendo la córnea al completo. Detrás suya percibió otra presencia. ¿Otro amigo se unía al juego? La estaba rodeando. Su corazón se aceleró, un retumbar cargado no de miedo sino excitación.
Se preparó, lento, sin prisas. No deseaba adelantar el inicio de la caza con sacudidas bruscas. Intentó que todo pareciese natural. Debía de verse como una presa distraída, una ignorante del peligro. Cuando por fin estuvo en posición de correr emprendió la huida. La excitaba el ambiente de peligro; aun así, no era tonta o una loca adicta a esas emociones. Sabía lo que estaba entre manos.
Sus perseguidores no se hicieron esperar, con similar velocidad se colocaron a sus seis. Lo único que los separaba era una minúscula distancia. De nuevo el bosque se convirtió en imágenes borrosas. Evitaba ramas, hojas y saltaba raíces casi tan altas como misma ella. La carrera no la cansaba, hasta percibía nueva vitalidad en el cuerpo dolorido. Era como si las heridas decidieran al unísono pausar toda molestia.
La carrera no fue igual a la anterior. La coneja intentó dar vueltas cerradas para perder a los gatos, no iban a caer en la misma dos veces. Después del cuarto intento, pudo sentir las garras de uno de ellos pasarle a centímetros del cuerpo. Cada vez estaban más cerca. Continuar con la carrera tampoco era opción. Su cuerpo herido cedería antes, era seguro. La cena pronto llegaría.
Los sentidos de Brinco trabajaban a todo vapor: el tacto, el oído, la percepción espacial, la predicción. Sin embargo, había uno al que no estaba sacando le el mayor jugo. Su nariz. El olor de los felinos le sofocaba. Sus tácticas la alejaban del olor apenas. La inquietud por precisar la posición de sus perseguidores la hizo descuidar los otros aromas.
Al evitar otro zarpazo dirigido a sus patas traseras, respiró una bocanada larga. Con ella recuperó el aliento, además, captó un olor. El hedor gatuno era fuerte y abrazador para sus fosas nasales. Pero había otro aroma, débil, pasaba desapercibido. Agua. No cualquiera, no, era la de un río cercano. «Mi hogar. Debe de ser el mismo río el cual usamos para regar los sembradíos».
Continuó corriendo, utilizaba los obstáculos naturales que el bosque le ofrecía como apoyo. Ahora que ya tenía un destino dobló a su izquierda trazando un arco amplio. Evitó a uno de los gatos que le había cortado paso al momento de girar. Le rasgó el cuerpo al pasar. Liquido caliente salió de varias partes goteando. Lo ignoró. Se acercaba a su salvación, no se detendría por nimiedades. El segundo olor se intensificó. Los árboles le hacían espacio conforme avanzaba, como celadores esperando su paso.
Por fin lo vio. Lleno de pequeñas rocas a sus lados, abundante maleza rodeando la orilla, ese era su rio. Había llegado a casa. La carrera de Brinco no disminuyó, todo lo contrario, aumentó. Cuando estuvo al lado del agua saltó. Mientras volaba como pájaro surcando los cielos, pudo sentir el desgarre muscular de sus patas, sus músculos lo habían dado todo. Gritó, pero cualquier espectador de la escena la hubiera confundido con el llamado a una carga heroica.
El agua helada fue la cereza que coronaba el pastel de aquel día. Penetró en sus heridas, no la dejó respirar bien. Calambres la azotaron ante el cambio de temperatura. Sus dientes le castañearon cuando salió a la superficie. Dio brazadas con sus patas delanteras moviéndose apenas. La corriente era leve, sin embargo, la arrastraba. El nado nunca había sido lo suyo. Las brazadas delanteras eran todo su recurso disponible, atrás aquello ya era peso muerto. Había cumplido con creces.
Su meta era no morir en ese lugar, ser otra cuenta en la estadística de la madriguera. La orilla se veía lejos, las patas cansadas se le estaban poniendo rígidas. Su cabeza se hundía y salía a la superficie a intervalos cada vez menos regulares. Se estaba muriendo. Ahora la idea de cruzar el río no le sonaba tan buena. Muy pronto sería la presa de un nuevo cazador, uno que era vida para todos y muerte para el retador que lo subestimaba surcándolo con imprudencia. Los árboles, piedras y algas al otro lado se difuminaban en corrientes borrosas. Brinco se estaba uniendo a los peces del rio.
La luz se difuminó, ahora era tenue casi oscuro. Todo su ser descansaba. Voces le susurraban. ¿Acaso le decían que fuera con ellas? ¡Al fin! Un grupo que la quería con ellos. No duraron. De súbito le dio un espasmo, la sacó del letargo. Abrió los ojos sin ver nada. Una tos la invadió. El agua salió de su boca permitiéndole respirar. Se desplomó en una cama dura llena de protuberancias. Las olas le cubrían parte de las patas traseras.
—¿Lo logré? —se dijo esperando la confirmación o festejo de otros ante la hazaña. Sí, lo había logrado. Estaba del otro lado del rio.




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