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Brinco y Brinco Rodríguez.

  • 5 dic 2024
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 25 feb 2025

Una nariz aspiraba y expulsaba aire con premura en busca de cualquier atisbo de ese olor, un olor que siempre traía consigo el sabor amargo del peligro. ¿Cuántos ya habían desaparecido? ¿Dos el último mes? Un sudor frío le recorría las patas al pensar que quizá este sería su último día. A veces, en esos momentos, se le cruzaba por la mente la imagen de su madre llorando frente a su tumba.

Cuando estuvo segura de no sentir ningún olor gatuno, se levantó del suelo. No deseaba mirar mucho por encima de las hojas del sembradío, porque el color blanco de su cabeza destacaba como petróleo en nieve. A un par de metros estaban sus compañeros, sí. Pero no cambiaría nada a la hora de la verdad.

Con ese pensamiento retumbándole en la cabeza, Brinco se volvió con sigilo. Lentamente, se colocó junto al tallo de una zanahoria. Escarbó un poco para dejar a la vista la raíz. Enterró los dientes en el inicio de ella y tiró hacia arriba. Nada. Se plantó con mayor fuerza en el suelo, clavando las patas que temblaban más de lo que quería admitir. Respiró hondo, cerró los ojos y volvió a tirar. Nada aún. Ni un solo atisbo de haberla movido.

El estómago se le contrajo, no sólo por el hambre, sino por una sensación de fracaso que iniciaba a crecer. «¿Y si no puedo?», pensó con amargura, mientras una lágrima traicionera amenazaba con rodar por su mejilla. Imágenes de su familia desnutrida y medio muerta le recorrían la cabeza. La frase “Todo por tu culpa” no la dejaba concentrase.

Se desprendió de la zanahoria; aquello no funcionaba. Vaya sorpresa, ¿eh? Respiró, intentando calmarse mientras sus patitas negras temblaban. Sabía cuál era la mejor manera: escarbar, aunque estuviera prohibido. Alzó la mirada hacia sus compañeros. A lo lejos, veía volar las zanahorias del suelo a montones. «Son más rápidos que yo…», se dijo. Se acercó más a la raíz. Colocó sus patas traseras lo mejor plantadas que pudo. El hocico y las patas delanteras tomaron la zanahoria. Estaba lista. Ella podía; esta vez, sí. Hoy era el día en que todo cambiaría. Nunca más pasaría hambre.

Contó hasta tres, incluso hasta cuatro, y tiró. Una, dos, tres, hasta cinco veces, y nada. Ahora quería vomitar. No se detuvo, evitando que las náuseas la dominaran. Jaló a la desesperada.

Con cada intento violento le retumbaba el cuerpo, las voces culpándola por la falta de comida aumentaban. ¿Llevaría otra vez miserias? Los gritos de regaños pasados la molestaban, pero para ella era peor regresar sabiendo que no podía.

Fue ahí donde empezó. Siempre igual, aunque nunca lograba acostumbrarse. El primer síntoma era el pellizco en el pecho, justo encima del corazón, como si alguien lo apretara con todas sus fuerzas. Luego el abdomen, un peso invisible la hacía doblarse sobre sí misma. Después, el zumbido en los oídos, ensordecedor, que la aislaba del mundo exterior. «No otra vez. ¡Debo terminar!», se dijo, luchando inútilmente. Finalmente, el temblor. Este último era el más cruel, porque le robaba el control de su cuerpo, recordándole que estaba indefensa incluso ante sí misma.

Aunque no había nadie cerca para su ataque, su mente ya pensaba en los miles de burlas de sus compañeros. La vergüenza de su padre a verla impotente…

Desconocía la duración de cada ataque; variaba demasiado. Cuando su vista volvió a la normalidad, el sol ya estaba en su punto, recordándole que era hora de regresar a casa. Sin embargo, el peso del ataque aún rondaba su pecho. Respiró hondo, tratando de ganar control. «Ya sabes que debes de hacer», se dijo. Sin dilación, se arrodilló junto a la punta de la zanahoria, escarbó y sacó con éxito una pequeña parte.

El regreso fue sorprendentemente fácil. Con tan poca carga, logró llegar primero a la madriguera: un agujero estrecho al pie de un árbol. Mientras se acercaba, vio al perro guardián rondando la entrada, tan imponente como siempre. Brinco no recordaba su nombre, pero no olvidaba lo caro que salía su supuesta protección. Sin decir palabra, pasó a su lado, con el pedazo de zanahoria firmemente sujeto en el hocico, y se metió con dificultad por el estrecho agujero.

Cuando al fin salió del túnel, se encontró con la vista de una cámara larga, de una altura suficiente como para saltar sin problemas, e iluminada por palitos que ardían a los costados.

Pasó junto a un montículo de tierra, llamado “escenario”. Se introdujo por un túnel al lado de él. No avanzó mucho más antes de encontrarlo.

—¡Ah, mira! Qué sorpresa… Brinco Rodríguez siendo la primera en llegar —dijo un conejo de patas blancas, sonreía—. Déjame adivinar, la cosecha fue buena —. Brinco bajó la mirada. Tenía mil respuestas en la punta de la lengua, pero ninguna salió. ¿De qué servía? Las palabras no llenarían su estómago ni silenciarían las risas Optó por el silencio.

—Cielos, si sigues trayendo tanto, no vas a dejar espacio para los demás.

Ella pasó haciendo oídos sordos. Mientras el guardia seguía con sus chascarrillos, ella cortó un trozo de la zanahoria y lo dejó en un montón al inicio del almacén. «Qué raro, aún no se llevan los impuestos de ayer. ¿Aún no le pagan al perro guardia?» Se introdujo en la cámara con lo que le quedaba de zanahoria.

El almacén era igual de alto que la plaza principal, lleno de comida que sólo dejaba poco espacio para andar. Muchas pilas de comida ya no tenían dueño; algunas recientemente se habían vuelto de “dominio público”. Aún se discutía su uso futuro. Brinco las veía con deseo al pasar, suspirando al sentir poco a poco el estómago vacío. «Debí comer los trozos de la zanahoria en vez de tirarlos». Antes le daba asco hacer eso, hasta el punto de vomitar. ¿Sería el estrés? No lo sabía, pero tampoco estaba en condiciones de averiguarlo.

Cuando finalmente llegó a la pila de su familia, suspiró, el aire le pesaba en los pulmones. Dejó la zanahoria sin esfuerzo; la pila era tan diminuta que apenas sumaba un montón menguante. «Cada vez es menos. Y esto no basta, nunca basta. ¡Nos estoy matando!», pensó, sintiendo ardor en los ojos. La frustración y la impotencia la golpeaban como un martillo. Se llevó una pata al pecho, tratando de contener el temblor, pero el nudo en su garganta sólo apretaba más. Aun así, no podía permitirse llorar. No ahora.

—Ya se me ocurrió otro, Rodríguez.

—Cállate, Larry —dijo sin mirarlo tratando de ocultar su rostro.

El conejo negro se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos y una sonrisa socarrona que parecía tallada para herir.

—No es mi culpa que tú…

Brinco apretó los ojos, ahogando el resto de las burlas. Por fuera, intentaba mantener la compostura, pero por dentro, la imagen de su pila familiar de comida le escocía en los sesos. Quería responder, pero las palabras se le atragantaban. Sin decir más, apuró el paso hacia la plaza principal, buscando refugio en la soledad de aquel lugar.

La velocidad siempre había sido su ventaja, aunque, para su desgracia, era inútil a la hora de conseguir alimento. Mientras avanzaba, murmuraba para sí misma, reprochándole al mundo la falta de una habilidad verdaderamente útil. «No se puede correr con el estómago vacío.», pensó con amargura.

Al llegar a la plaza principal no encontró a nadie. En lugar de tomar el túnel que conducía a las madrigueras de las familias, se detuvo junto al campo de palos enterrados al lado de la boca del túnel. Cada uno de esos palos representaba una pérdida. La revolución parecía tan lejana. Ya había nacido, sí, pero nadie recuerda lo que se vivió de bebé.

Sus ojos se posaron en el improvisado memorial, pero no lo veía realmente. Estar ahí sola era el recordatorio perfecto de su fracaso. ¿Por qué a ella debía de pasarle eso? ¿Por qué a la única familia con un lisiado? Como deseaba gritar y maldecir, llorar por lo que le tocó. ¿Pero tenía caso? Su mente divagaba en ensoñaciones. En algunas ocasiones ella era la mejor en su trabajo, le iba muy bien y vivía tranquila, otras la muerte por inanición se llevaba a sus padres uno a uno sin que ella pudiese hacer algo.

En más de una ocasión, había pensado en pedir ayuda a sus compañeros, pero siempre desechaba la idea al recordar sus miradas de desaprobación. No, nunca nadie la apoyaría, estaba sola.

—Malditos gatos.

Sabía bien quién era el responsable de su situación. Aun así, culpar a otros le daba una sensación de consuelo. Se giró con la intención de volver a casa, pero sus patas no se movieron. Apretaba los dientes, fingió observar algo en la plaza o recordar algún asunto importante. Solo mentiras.

Pronto llegarían los demás. Eso no cambiaría nada sobre su desempeño, pero sí llegaba al mismo tiempo y si contaba una historia convincente sobre una cosecha más abundante, podría evitarse un regaño.

La espera la puso más intranquila. Su mandíbula se tensaba mientras sus patas, adoloridas, se aferraban a la tierra hasta ceder. Incluso sus orejas estaban rígidas, atentas a cualquier señal de voces. Cuando finalmente escuchó murmullos, se escondió en el túnel, aguzando las orejas. Esperó hasta que las conversaciones se volvieron lo suficientemente claras para ser oídas en todos lados. Cuando al fin era completamente audibles, Brinco aprovechó para huir hacia su hogar. En el trayecto, sus patas la llevaban por inercia, mientras pasó junto a las madrigueras vecinas, cada una con su propio silencio, pesado como el suyo...

Al llegar a su hogar, se detuvo en el umbral. Plantada en el suelo como si fuera una raíz. Respiró hondo, llenando sus pulmones con aire que no lograba calmar el torbellino de su mente. «Tranquila, él no lo sabe», se dijo, mientras repasaba su postura, su expresión facial, y hasta incluso sus dolencias físicas, no fueran a ser que la traicionaran. La hinchazón en sus párpados no ayudaba, menos temblor en sus patas. «Sólo tengo que entrar y ya.» Pero no se movió. En su mente, al ver las miradas de su familia, se veía a sí misma como un peso, una carga. La voz que vino desde el interior su hogar rompió el silencio, sacándola de su parálisis

—¡Entra ya, niña! —le espetó una voz desde adentro.

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